Comencemos por Augusto Céspedes (1904-1997), una de las cumbres de la literatura hispanoamericana. El cuento El Pozo, del libro Sangre de mestizos (1936), que abre esta antología, es la reproducción del supuesto diario del suboficial boliviano Miguel Navajas, internado en el hospital de Tarairí, con avitaminosis beribérica. Narrado en primera persona, es Navajas quien relata, día a día, la historia de la excavación de un pozo. El relato se desarrolla a lo largo de casi todo 1933.
Sobre la tormenta del odio, la sed es el personaje omnipresente, silencioso y letal, alimentada por el calor, fantasma transparente volcado de bruces sobre el monte. La sed es el mismo tormento que abruma a bolivianos y paraguayos, esta vez oprimiendo a un pequeño destacamento de zapadores, al Norte de Platanillos. El hallazgo de un pozo, abierto quién sabe cuándo ni por quién. La orden es profundizar sus cinco metros hasta llegar al líquido vital. Los zapadores cavan, día a día, y el pozo se va ahondando.
El hallazgo de barro despierta un soplo de esperanza. Pero más abajo sólo hay más tierra seca. Tierra, tierra, espesa tierra que aprieta sus puños con la muda cohesión que la asfixia. Veinte metros. Treinta metros. El pozo niega el agua, pero va adquiriendo sobre ellos una personalidad inquietante, imponiendo su vasta y oscura presencia que se dirige verticalmente hacia las ignotas entrañas del planeta.
Cuarenta metros. Los hombres son cada vez menos hombres y más gusanos, encerrados en la sombría caverna. En el pozo no hay guerra, ni tampoco hay vida: sólo una oscuridad percutida por los golpes de pico. No hay día ni noche, y sólo un perímetro redondo donde los zapadores arañan el vientre del monstruo. En algún momento, la profundidad comienza a producir delirios. Cuarenta y cinco metros. El agua se repliega hacia el centro ígneo del planeta, escurriéndose de los desesperados zapadores. ¿Qué importa ahora la guerra? El único mundo es este sitio, cilíndrico, negro, mudo. Los hombres se desmayan, víctimas de la asfixia. Su realidad ya no es la superficie, donde está ocurriendo una guerra, sino ese extraño pozo, cuya tierra se va apoderando de ellos, cubriéndolos de pies a cabeza
En siete meses de trabajo y delirio, no se ha logrado encontrar nada. El pozo es irrefutablemente estéril. Y aquí comienza una comedia de equivocaciones. Los paraguayos, al recibir la noticia de que el enemigo tenía un pozo, atacan rabiosamente, para apoderarse de él. Hay un combate. Trece muertos, en total, para ambos bandos. Cinco horas de combate por un pozo vacío. Muertes inútiles, sin sentido, por una excavación igualmente inútil, pero que ha adquirido consistencia metafísica, apoderando de la conciencia de todos. Pero ahora que se ha confirmado su sequedad, el pozo servirá para algo: de sepultura. Los cadáveres son arrojados al fondo. Y, sobre ellos, se ordena echar tierra, para tapar el agujero. Terrible símbolo de esta guerra, cuyos protagonistas son la sed y el calor, el sufrimiento y el delirio, mucho más que las disputas de los hombres sobre mapas y coordenadas. La tierra termina devorando a combatientes de ambos ejércitos, en la quietud irremediable de la muerte. Al final, uno parece que no está leyendo el diario del suboficial Navajas, sino la burlona relación de un pozo, cuyo único ojo mira inútilmente al cielo.
• Víctor Vara Reyes: ¡...Que haya un solo sobreviviente!
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